Visto Provisional
por Concha de Ganzo
Expedita
Duerme en los bancos de la calle Real. Y al pasar junto a ella sólo
espero que no me pida nada, que no me mire, que no me suelte una de
sus parrafadas sin sentido. Es una de nuestras apestadas habituales.
De esas que no queremos ver ni en pintura. Porque huelen mal, porque
nos pueden robar la cartera, porque no queremos que vivan cerca de nosotros.
Suena fuerte, excesivo, impropio, hasta inhumano, pero es lo que nos
golpea, lo que en el fondo no queremos pensar, pero pensamos. Seguro
que usted también la ha visto: es esa chica delgada, enclenque,
con pinta de yonqui, desvalida. La que deseamos no volver a ver, que
se la lleven, porque nos daña, nos perturba. Esa es la verdad,
de frente y sin medias tintas.
La otra noche mientras veía en mi casa plácidamente la
tele oí un berrido brutal. Gritos desesperados que llegaban de
la calle. Era ella. Iba de un lado a otro, llorando, quejándose.
A escasos metros de su danza quejumbrosa pasaron dos señoras
que la miraron con miedo. Miedo a que esa chica loca, desastrada, les
hiciera algo. A los pocos minutos, sus gritos, sus lamentos perdieron
intensidad y regresé al sillón de mis amores. Me olvidé
pronto de ella. Pero la volví a ver, al día siguiente
y al otro. Siempre dando tumbos, hablando sola, sentada en la acera.
Entonces me entró la curiosidad, quise saber su nombre, de dónde
era, qué hace aquí. Al pasar a su lado la miré
mejor. No parece tener más de veintitantos. Tiene la mirada perdida,
extraviada, como ella. Dicen que empezó a pincharse cuando tenía
13 años. A los 13 años, yo y mis amigas de 8º de
EGB, soñábamos con ir al instituto y codearnos con los
chicos mayores. No sé que hacía ella, qué pasó
para acabar así. Dicen que su familia no la soporta. No quieren
saber nada, prefieren olvidarse de su desdicha, de su mala vida, de
sus noches en busca de alguien que le pague el siguiente chute. En el
hospital conocen bien su cuerpo, suele acabar muchas madrugadas en urgencias,
sus clientes, sus señores clientes terminan habitualmente por
darle golpes extras, por echarla del coche. Por hundirla un poco más.
Total quién se ocupa, quién se preocupa de esta yonqui
loca, que va dando berridos por la calle Real, como si un millón
de bichos le comieran la piel, las entrañas. Ayer por la tarde
volví a mirar a Expedita, estaba echada en uno de los bancos.
Daba la impresión de ser una muñeca rota, de esas muñecas
de trapo que tanto nos gustaron, que alguna vez hicimos en clase y que
al final perdimos, no sabemos cuándo. Expedita, no te conozco,
nunca he hablado contigo, y tampoco pretendo ser mejor que los demás.
No lo soy. Pero estos días me ha dado por pensar que tal vez
mereces una oportunidad, que tal vez alguien tendría que ayudarte,
que tal vez alguien tendría que tenderte la mano, para que no
siguieras cayendo. Más.