Luchar por lo ajeno.
Particularmente, me encanta Fuerteventura. Si fuera la isla de hace 20 años me gustaría aún más. De hecho, me ocurre como a mis amigos canariones y chicharreros que creían estar en el paraíso cuando llegaban a Lanzarote a principios de los años 80 a pasar unas semanas de vacaciones tirados en las playas de Papagayo para disfrutar de las incomodidades de la naturaleza. Les maravillaba el salvajismo del paisaje, no sé si también de la gente. Sólo por el aspecto de sus vestimentas y sus modernos cortes de pelo se sabía que no eran lanzaroteños. Mientras nosotros calzábamos zapatillas deportivas Tórtolas o Keds desgastadas y remendadas por el uso, ellos ya lucían zapatillas de marca. Mientras ellos iban a la peluquería a lustrase la cabellera, nosotros íbamos a la barbería a cortarnos el pelo. A pesar de todo eso, la verdad es que los lanzaroteños no les envidiábamos mucho. Sí teníamos una comedida envidia sana por que la mayor parte de ellos supieran inglés, viajaran por Europa y algunos estudiaran sus carreras en las mejores universidades de España. Más tarde, algunos de mis amigos y conocidos se compraron su segunda residencia en Lanzarote para seguir disfrutando y recordando aquellos veranos dorados de su juventud con sus hijos. La isla fue creciendo y todos sus habitantes viviendo un poco mejor, casi ya empezando a disfrutar de un nivel de vida y cultural similar a los grancanarios y tinerfeños. Cuando eso ocurría, mis amigos canariones y chicharreros me advertían de que nos estábamos cargando la isla, que Lanzarote ya no era lo que fue. “Por suerte”, pensaba yo para mis adentros cuando les oía criticar nuestro desarrollo. Ya no les gustaba tanto la isla porque en sus semanitas de vacaciones, en pleno verano, el bar estaba lleno de gente y la playa ya no era para ellos sólo, sino que la tenía que compartir, qué pena, con algún turista más. Incluso cuando circulaban por las carreteras ya se cruzaban con coches, uno detrás de otro. Lanzarote había perdido su encanto, la isla se había masificado, decían ufanos. Aunque realmente sólo habíamos entrado en la modernidad que otros -sobre todo ellos- habían conseguido en Canarias muchos años antes. Para mis amigos, los lanzaroteños habíamos cometido el ultraje de cargarnos el paraíso, que no sé por qué razón creían ellos merecer que se lo preserváramos. Sobre todo cuando sus padres se habían apuntado hacía muchos años al carro del desarrollo turístico de Gran Canaria y Tenerife; eso sí, con peor fortuna para sus costas y paisajes. Por mi profesión de periodista tuve muchos desencuentros con otros compañeros de profesión cuando analizábamos la destrucción o no de Lanzarote. Obviamente, no compartía sus criterios de que aquí era todo corrupción, alcaldes caciques y gente deslumbrada por el desarrollo. Les decía que había un poco de todo o un mucho de todo, pero no muy diferente a lo que había en sus islas. Reconozco que eso no deba ser consuelo para nadie, pero siempre me han fastidiado un poco aquellas personas que ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Con algunos amigos peninsulares españoles me ha pasado lo mismo cuando se convierten en los adalides del desarrollo sostenible de Lanzarote, gesto altruista que, por otro lado, siempre les he agradecido. Aunque les he mostrado mi sentido pésame y sincero consuelo por que no hayan sido capaces de luchar con la vehemencia que lo han hecho con Lanzarote tanto para evitar la destrucción de la costa del mediterráneo español. La estulticia de algunos foráneos, sean canarios o peninsulares, no es óbice para que una gran parte de lanzaroteños echemos de menos un gran pacto social para evitar las construcción de más edificaciones turísticas que no sean de gran interés o el consumo de más territorio que el imprescindible para generar la oferta complementaria de ocio y deportiva que termine de vestir a Lanzarote. Hay que poner al día las infraestructuras públicas básicas y reconvertir lo viejo de las zonas turísticas en nuevo para que Lanzarote sea, si no el paraíso de mis amigos canariones buscaban, al menos una isla ni mejor ni peor que la de ellos pero diferente.
|