Saramago y la FCM
No he tenido ocasión de ver la exposición que la Fundación César Manrique (FCM) dedica a José Saramago. Pero me llegan recortes del acontecimiento y del método aplicado, que muy bien pudiera convertirse en referente mundial para el acercamiento a la obra de otros escritores. Fernando Gómez Aguilera, me dicen, ha hecho un trabajo de auténtica arqueología en la vida y en la obra del Nobel desvelando y aportando informaciones, elementos y matices, que deben haber sorprendido al propio Saramago, para justificar el título de la muestra: La consistencia de los sueños.
No he visto todavía la exposición (más que de verla, debería hablar de sumergirme en ella) pero intuyo que confirmará mi impresión de que Saramago es antes que nada, hombre de una pieza.
Vida y obra están estrechamente relacionadas en él. La segunda no es sino la eclosión en páginas espléndidas de lo vivido, sufrido y observado, de su compromiso con el mundo que le ha tocado vivir y ante el que se alineó junto a los débiles y desheredados. Con una firmeza que en ocasiones ha llegado a ser fiera sin perder coherencia y lucidez. Esa coherencia, que quienes se sienten incomodados, llaman “cabezonería” para reducir el impacto de sus opiniones y actitudes vitales; para descalificarlas. Mucho acumuló Saramago antes de sentarse a escribir la primera página, la fundacional, la que le descubriría o le confirmaría su talento literario.
Es curioso el ejercicio de adivinar lo que puede contener una exposición que no has visto. Entre otras cosas porque, en este caso, te lleva a la idea de que no es casual que el homenaje a Saramago se lo dé una Fundación legado de otro artista, César Manrique, en el que vida, obra y activismo social se unen también en un solo impulso.
El Nobel, que no perdona una, indicó que a la inauguración de la exposición sólo faltaron las personas “a las que les gustaría convertir a Lanzarote en una sucursal de Marbella”. Es lícito recordar aquí a las autoridades conejeras que invitaron al Nobel, de manera nada cortés, a irse de Lanzarote cuando mostró preocupación ante las presiones de la especulación cementera que tanto les hace salivar. Se mostró así partícipe del espíritu de César Manrique que también sufrió zarpazos parecidos. La relación de Saramago con la FCM no es fortuita; resultaba inevitable.
El ministro de Cultura, César Antonio Molina, se desplazó expresamente para asistir a la inauguración. En ella estuvo la presidenta del Cabildo de Lanzarote, Manuela Armas y el diputado regional Juan Fernando López Aguilar, entre otros. Que yo sepa, a eso iba, no estuvo el Gobierno canario, quizá porque Paulino Rivero no llega y su consejera de Cultura, Milagros Luis Brito, que además de no llegar tampoco, estaría ocupada cultivando el género epistolar. Sólo quizá porque lo único cierto es que tocan en otra orquesta.
De todos modos, lo significativo no fue la ausencia del Gobierno sino que no se le echara de menos. No interesa al Ejecutivo la cultura auténtica, la que encuentra sus raíces en actitudes críticas que si en general gustan poco al poder, son insufribles cuando se detenta desde la mediocridad de los intereses que andan de fijo por ahí. Bien sabemos la cultura que despacha el Gobierno y lo mal que soporta la existencia de una institución privada e independiente como la FCM. No estuvo ni se le esperaba.
Como casi siempre en situaciones similares, me pregunto qué tiene Lanzarote para que allí, precisamente, floreciera la FCM, de las pocas en España y única en Canarias de sus características, con una ya larga estela de logros y realizaciones que nada tienen de flor de un día. Sabemos cómo se gestó la FCM, pero seguimos sin explicarnos qué la anima a seguir. Ha merecido, sin duda, como toda obra humana, críticas puntuales, pero la valoración global de su ejecutoria es extraordinariamente favorable. Un milagro, diría, si no fuera porque los milagros no existen. Lo cierto es que ahí está para rendir tan espléndido homenaje a Saramago, un ser humano entrañable hasta para pedir pan con la mantequilla que no debería tomar.
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