Zapatero – Rajoy.
La semana política ha estado marcada por el debate Zapatero-Rajoy, que continuará este lunes porque, como saben, si no quieres caldo te dan dos tazas. El entreacto lo aprovechó Rajoy para darse un garbeo por las ínsulas a las que, como todo el mundo sabe, viene a trabajar, no como otros, en perversa referencia a Juan Fernando López Aguilar.
Anunció el candidato pepero que lo primero que hará cuando llegue a La Moncloa, tras desalojar a su actual inquilino y una vez fumigadas y redecoradas sus dependencias, será recibir a Paulino, lo que no deja de ser un detalle. Apareció Rajoy por Canarias con actitudes de seguro vencedor en un formidable ejercicio de adornarse con la piel del oso antes de cazarlo. Aparte de sentirse profundamente canario (y murciano en su caso) será, dice, presidente de los que madrugan, sin decir nada de sus intenciones para los que se acuestan tarde y los que trabajan de noche. Y atenderá a los problemas que interesan a los españoles, es decir, a los económicos de los que ha venido a acordarse ahora, en campaña, después de cuatro años en la oposición en los que sólo se ha ocupado de ETA y de la inmigración.
Frente a él, Zapatero, del que tampoco puede decirse que sea nada del otro jueves pero que, al menos, se distancia de la España tenebrosa de Rajoy, la de los obispos en pie de guerra contra la evolución de las costumbres, contra la investigación científica (ahí está lo de las células madre) y lo que haga falta. Zapatero hace un planteamiento socialdemócrata de devolver a la sociedad en forma de servicios y de prácticas de igualdad los dineros que con el PP quedarían para unos pocos mediante la política de privatizaciones que practicara Aznar con la educación y la sanidad, o con aquella reducción de policías nacionales y guardias civiles bajo el principio de que quienes quieran seguridad, que se la paguen, lo que llegó a proclamar el Gobierno de Aznar. No discuten el fondo sino la forma de gestionar.
La cuestión estriba, pues, en optar por una u otra manera de hacer las cosas y eso es lo que debería discutirse. Sin abstracciones como la de una educación que potencie el esfuerzo y la autoridad del profesor. Abstracciones, claro está, no en lo que se refiere al necesario esfuerzo y la imprescindible autoridad profesoral sino al modo de conseguirlo más allá del puro enunciado y el papel que le toca jugar a la enseñanza pública a la que el PP ha tratado de debilitar. Lo mismo se puede decir de la sanidad cada vez más orientada a potenciar el negocio de la privada mediante el recorte de la inversión y el recurso a las concertaciones.
Éstas son algunas de las cosas de las que nos gustaría que hablaran. Por más que la dinámica sea la de imputarle Rajoy a Zapatero el hacer determinadas cosas con el recordatorio del presidente de que el PP hizo lo mismo cuando gobernaba. El caso de la negociación con ETA, en que la organización terrorista obligó a Aznar a reconocerla en público como “Movimiento de Liberación Nacional Vasco”, es de los más chirriantes, si bien hay otros.
Todo parece reducirse a quien ganó el debate, a cuál de los dos estaba más tranquilo y se desenvolvía mejor ante la cámara. No entraron en harina durante el primer debate y no creo que lo hagan el próximo lunes. Las dos partes consideran que ganaron el primero, cosa que el PP ha celebrado con un júbilo diría yo que sospechoso; mientras los socialistas se han dedicado más a movilizar a sus electores conscientes de que el PP tiene a los suyos consolidados mientras que el del PSOE es más volátil con abundancia de votos “prestados” y muy críticos que se van a otro lado, hacia la izquierda casi siempre, o se quedan en casa si los socialistas no satisfacen sus expectativas.
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