Después del 9-M
Es obligado hablar hoy de las elecciones del domingo. Aunque, la verdad, no sé qué decir que no esté dicho ya. No es que uno se sienta obligado a ser original sino que estoy cansado de sondeos, declaraciones, pareceres, discusiones acerca de quién ha ganado los debates, como si lo importante no fuera ganar las elecciones, de la cara que le echan algunos y qué sé yo.
Por lo general, se da por descontado que ganará Zapatero, aunque no conseguirá mayoría absoluta. La cuestión, de darse ese supuesto, es si sacará el suficiente número de diputados para pactar libremente la investidura o si su margen volverá a ser tan corto que le obligue de nuevo a llegar a acuerdos que le impidan desarrollar con mayor desenvoltura su programa. A mi entender, no le fastidian tanto los sacudones por la izquierda de Gaspar Llamazares como la presión de los nacionalistas, la que el PP aprovecha para seguir con el guineo de la quiebra de España.
En cualquier caso, Zapatero tiene más fácil lograr pactos parlamentarios e incluso de gobierno que Rajoy. La política del PP ha hecho que los demás grupos de la cámara no estén por la labor de llegar a acuerdos con él. Con la excepción de CC, que no tiene ni grupo ni presumiblemente lo conseguirá pero sí un servilismo notable a la derechona. El empeño pepero de presentar a Andalucía y a Cataluña como los privilegiados por Zapatero y en calificar de secesionista el referéndum que pretende Ibarretxe, que en cualquier caso habrá de ser autorizado por el Gobierno central, no le facilita las cosas. Por eso Rajoy anunció que, caso de ser el más votado, pedirá al PSOE su abstención en la investidura para poder acceder a la presidencia. Lo que da idea de la precariedad de esa supuesta victoria popular.
Tampoco beneficia demasiado a Rajoy sus connivencias con la jerarquía eclesiástica que acaba de darle el plácet al sector ultra de la Conferencia Episcopal con la elección del cardenal Rouco Várela, propiciada desde el mismísimo Vaticano. Rouco Várela y otros prelados de su cuerda están claramente contra el Gobierno socialista. Lo que nada tiene de particular, pues los obispos son muy libres de apoyar a quien estimen conveniente. El problema no es ése, como han querido hacer ver quienes hacen pasar las protestas contra la actitud de los obispos por el deseo de que se callen. La cuestión, insisto, no es que sus simpatías sean para la derecha más dura con la que siempre han estado, sino pretender que sus principios y criterios prevalezcan sobre leyes emanadas del Congreso de los Diputados. No es lo mismo estar contra un Gobierno y hasta combatirlo que colocar las propias creencias por encima de la legislación democrática. En otras palabras, negarle legitimidad a la democracia y al Estado democrático, que es lo que realmente les mueve. Algo de test para la Iglesia tienen estas elecciones.
Digo que la elección de Rouco no favorece a Rajoy porque todavía está muy presente en muchos españoles el nacional catolicismo franquista y aunque a efectos de las manifestaciones contra el Gobierno le viniera muy bien a Rajoy que los obispos se pusieran en pie de guerra, ahora, ante las urnas proyectan unas sombras del pasado que sólo añoran los muy integristas. Los intelectuales y artistas que se han decantado por Zapatero son gremios especialmente sensibles a la vocación inquisitorial de los prelados y a su amor por la censura. Temen éstos que con Rajoy volverá la España negra, con la que sintonizan mejor la mayoría episcopal y los posicionamientos vaticanos.
En cuanto a Canarias, no da la impresión de que los resultados vayan a distanciarse de la tónica general del país. Hay varias quinielas de distribución de escaños sobre la base de que serán los socialistas los más votados. Diría que el mayor interés regional se centra en los resultados que obtenga CC, si sacará algo en la provincia de Las Palmas o sí le echará NC la pata delante; y si mantendrá el tipo en la de Tenerife. En cualquier caso, nada se opone legalmente a que el Gobierno de ATI con el PP continúe hasta 2011. Otra cosa es lo que pueda dar políticamente de sí.
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