Policía Canaria y complejos
Casi todas las noches escuchaba, junto a otros compañeros del instituto, las emisiones de "Canarias Libre" de Antonio Cubillo, más por curiosidad que por afinidad con los ideales del histórico líder independentista. Más allá del histrionismo, del discurso repetitivo, de las contradicciones de sus planteamientos, de algunas simplonerías y de propuestas muy discutibles -o al menos que yo nunca compartí-, reconozco que fue el Cubillo de finales de los años 70 la primera persona que me hizo reflexionar sobre la realidad física y política de nuestro archipiélago. Tendría unos 16 años pero gracias a sus peculiares arengas y mítines nocturnos, muchos canarios tomamos conciencia real de nuestras diferencias, de nuestra propia cultura, de nuestra lejanía y también de nuestras dificultades para desarrollarnos como pueblo alejado de la metrópoli. Y por mucho que nunca hubiera puesto a Canarias en manos de esta persona por diversas cuestiones que no vienen ahora al caso, reconozco que los canarios nunca denunciamos como se merecía ese cobarde acto terrorista contra Cubillo salido de las cloacas del Estado español. Confusamente -lo reconozco- comencé por aquellos años a replantearme tímidamente algunas conductas de los canarios y de su relación administrativa con España, sobre todo cuando uno o dos años después viajé a Cataluña a estudiar Periodismo. Llegué a Barcelona en octubre del 77, el mismo día que lo hizo del exilio, tras pasar por Madrid, el honorable Josep Tarradellas, el primer presidente de la Generalitat de Cataluña tras la dictadura de Franco. Allí, en mi siempre admirada Barcelona, me relacioné de manera natural y espontánea con algunos estudiantes que, sin pertenecer a partidos nacionalistas concretos, tenían un concepto de su realidad política mucho más allá de ese sentimiento primario de pertenencia al territorio de nacimiento del que solemos presumir la mayoría de los canarios. Tenían -por qué no decirlo- conciencia de pueblo y, sobre todo, me llamó la atención la gran autoestima que destilaban por su cultura sin rechazar ninguna otra. Y no me refiero sólo al apego a la sardana.
Nunca he luchado por la independencia de Canarias, ni creo que ése sea el problema de nuestro archipiélago cuando la gran mayoría de la población ni lo desea ni lo plantea. Los problemas de Canarias en estos momentos no son si el archipiélago debe o no pertenecer al Estado español, ni siquiera si somos una colonia administrativa de España, por mucho que sea legítimo y respetable que haya canarios que luchen por la autodeterminación, eso sí, con poco éxito hasta ahora. Curiosamente, el principal problema de Canarias somos nosotros mismos, los propios canarios o una mayoría importante de ciudadanos de este archipiélago. Un ejemplo claro de esta falta de autoestima es cómo se ha resuelto el asunto de la Policía Canaria que el Gobierno de Paulino Rivero quiere poner tímidamente en marcha el próximo año en una primera fase, me imagino que con el propósito de aumentar sus ahora escasas competencias cuando las circunstancias políticas acompañen.
Lo primero que critico es el bajo nivel que tuvo el debate parlamentario, entre otros motivos por el "quiero y no puedo" de CC, organización que tuvo que conformarse con la creación de una Policía complementaria, claramente descafeinada, por las ataduras que arrastra con su socio de gobierno. Un partido nacionalista que se precie de serlo no debería luchar por otra cosa que no sea una Policía integral que sustituya poco a poco a la Policía Nacional. Lo segundo a destacar es esa resistencia de las autoridades madrileñas, como la ejercida por la vicepresidenta del Gobierno español, María Teresa Fernández de la Vega, en contra de la Policía Canaria, amenazando con llevarla al Tribunal Constitucional cuando se está haciendo lo mismo en otras zonas del Estado español. Y lo peor no es que los españoles intenten abortar la Policía Canaria en Madrid, lo malo es ese complejo inconsciente que tiene la mayoría de los canarios ante Madrid y esa afición enfermiza al tutelaje que demuestra la mayor parte de nuestros políticos, asintiendo con regocijo ante sus líderes españolistas cuando éstos niegan a este archipiélago lo que nunca negaron a Cataluña y al País Vasco. No sé si me he explicado bien, pero yo me entiendo.
Lo peor no es que el Gobierno español intente abortar la Policía Canaria, lo malo es ese complejo inconsciente que tiene la mayoría de los canarios ante Madrid y esa afición enfermiza al tutelaje que demuestra la mayor parte de nuestros políticos.
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